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Consiste fundamentalmente en la capacidad del sujeto para integrarse
y participar en la definición de lo colectivo; implica la
apropiación y el disfrute de los valores y tradiciones que
su sociedad de referencia ha asumido como patrimonio común
así como la posibilidad efectiva de transformarlos para elevar
los estándares de bienestar individuales y colectivos.
A través de los medios masivos de comunicación la
sociedad de mercado transmite unos modelos ideales de bienestar
al alcance de todos, caracterizados por la posibilidad ilimitada
de adquirir toda suerte de bienes y servicios; ante esta imagen,
y en ausencia de estructuras educativas que fomenten el desarrollo
del pensamiento crítico y la acción transformadora,
las familias pobres, como las de nuestros niños y niñas,
y ellos mismos, entran en contradicción cuando observan su
situación concreta tan alejada de aquellos ideales; tal sentimiento
de frustración cotidiana se transforma muchas veces en agresión
y resentimiento contra quienes encarnan esos modelos ideales; otras
veces en lucha desesperada por alcanzarlos y muchas otras en conformismo
y resignación.
Cuando la pobreza ha sido asumida como una forma propia y natural
de ser, y no como una circunstancia social susceptible de transformación,
la impotencia se trueca en violencia que se desencadena entre los
miembros del sistema familiar y especialmente contra quienes son
percibidos como los más débiles: los niños
y las mujeres, violencia estimulada y amparada muchas veces tras
el consumo de drogas; la lucha por alcanzar modelos idealizados
de vida termina aceptando conductas antisociales como el robo y
el expendio de drogas; la prostitución termina justificándose,
de manera inconsciente, en aras del mismo fin.
La violencia corrompe la cohesión del sistema familiar:
los vínculos afectivos, la comunicación, los patrones
de autoridad y los límites se desvanecen y cada uno de los
miembros inicia procesos de desarraigo y huida, llevando consigo,
muchas veces como un lastre que torpedeará los procesos ulteriores
de integración social, los patrones de relación aprendidos
y vividos en el seno del grupo familiar.
En virtud justamente de ese aprendizaje, los niños y las
niñas tienen por lo general como único marco de referencia
sus propias necesidades y sus deseos; a partir de allí las
otras personas son significadas como partes del yo y no como sujetos
independientes; les resulta entonces difícil entender el
lugar, los sentimientos y las necesidades de los demás; el
concepto del respeto carece de significado y la agresividad como
mecanismo para obtener beneficios y concesiones difícilmente
encontrará límites interiores; obviamente, los límites
externos definidos por las normas y las convenciones sociales serán
frecuentemente quebrantados y transgredidos.
Los valores personales y sociales no se han interiorizado satisfactoriamente
debido a la ausencia relativa de una experiencia básica positiva
de la vida; si el valor se define como una relación de sentido
positivo con las cosas apropiada por el sujeto según la calidad
de sus vivencias de las personas y los objetos, podría decirse
que son más las experiencias negativas que los niños
quieren ignorar u olvidar, a las que quieren restar significado
y credibilidad, es decir valor, en la medida en que han estado asociadas
al dolor infligido por los adultos que justamente representan esos
valores.
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