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Es la disposición biológico-afectiva de los seres
humanos para el goce, el intercambio y la reproducción. Tiene
al menos tres dimensiones: la genital, la erótica y la afectiva,
cada una de las cuales es vivenciada por el sujeto de manera particular
de acuerdo con lo que él o ella asuman como identidad (sexual
y de género). La sexualidad está mediatizada por símbolos
culturales que le atribuyen sentidos y finalidades, convirtiéndola
en campo de batalla de las religiones y las moralidades, incorporadas
por los sujetos de acuerdo, principalmente, con las experiencias
primarias de relación y significación de su cuerpo
con/por el contexto en que dichas experiencias tuvieron lugar.
La sexualidad de los niños y niñas explotados sexualmente
ha estado marcada por eventos dramáticos que le confieren
especial relevancia: Por una parte, el maltrato físico y
simbólico ejercido por los padres o cuidadores; por otra
parte el abuso sexual y también la desorientación
frente a los temas sexuales.
El maltrato físico continuado ha generado en ellos una visión
del cuerpo como símbolo de la culpabilidad que subyace al
castigo; el dolor que causa el ser despreciado tiene una traducción
literal en el dolor corporal; el cuerpo tiene entonces una finalidad:
es el vehículo de la expiación de la culpa. Los niños
y las niñas castigan su cuerpo: lo torturan con largas inaniciones,
lo marcan con tatuajes de amor y de poder, lo inyectan y envenenan
con sustancias psicoactivas, lo exponen a la enfermedad y a la agresión.
Aún, cuando aman, permiten sobre su propio cuerpo e imprimen
sobre el cuerpo del otro señales de posesión y territorialidad
hechas con dolor; la fidelidad se exige con golpes, el respeto se
gana lesionando la corporalidad del rival o la pareja; el cuerpo
se convierte entonces también en el museo donde se exhiben
con orgullo, mas no sin pena, las señales de las batallas
ganadas a la muerte.
El encuentro sexual con la pareja pocas veces es un acto de entrega,
caricia y comprensión; las más de las ocasiones es
un acto de posesión y dominio; por eso contrariamente a lo
que se cree, muchas adolescentes que han iniciado su vida sexual
activa y mantienen relaciones con parejas permanentes presentan
dificultades importantes para experimentar orgasmos. Aquella capacidad
de goce corporal está bloqueada y ello permitiría
explicar también el recurso al consumo de sustancias que
desatan sensaciones eufóricas y placenteras.
El maltrato psicológico infligido por los padres aparece
de varias maneras: como descalificaciones sexuales a la niña,
tales como "perra", "vagabunda", "puta";
por otro lado, como prohibiciones transmitidas agresivamente: "no
venderás tu cuerpo", "dormirás únicamente
con tu marido"; y finalmente como ejemplos nocivos de relación
hombre-mujer: la madre es vista por el niño(a) con personas
distintas en situaciones eróticas o genitales; la niña(o)
escucha los reclamos mutuos entre los padres por sus relaciones,
reales o no, con otras posibles parejas; los padres se agreden verbal
y físicamente y luego se muestran "enamorados"
ante los hijos.
Como si se tratara de una profecía o como si la niña
buscara vengarse del padre o la madre por el maltrato recibido,
sus relaciones afectivas y sexuales dentro y fuera de la prostitución
desembocan justamente en aquello que fue prohibido o anunciado;
la identificación o la contraidentificación proyectiva
con las imágenes parentales predisponen a la repetición
de los patrones de relación asimétricos y maltratantes.
Con el paso del tiempo, la niña aprenderá a desligar
el sexo del afecto; su cuerpo, cosificado, aprenderá a ser
utilizado como mercancía y exhibido en el mercado como tal,
será disociado como valor de cambio, instrumento de producción
económica. Paradójicamente, ese objeto totalmente
visible hacia fuera deviene subjetivamente negado, ocultado, enajenado
de la totalidad de la persona y reducido a genitalidad. Paralelamente
la relación afectiva con la pareja empieza a ser idealizada,
en una especie de compensación: la niña siente la
falsedad de las relaciones con los clientes y necesita al menos
una relación verdadera en la cual refugiarse; tal vez por
eso es capaz de tolerar los abusos y desmanes que su compañero
comete con ella.
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