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La presión social hacia el "éxito" y el
consumir como validación de status impulsan a los niños,
niñas y jóvenes a desear bienes, no sólo de
subsistencia sino suntuarios, para conseguir una identidad y un
reconocimiento dentro de sus grupos lo que les lleva a venderse
para poder comprar lo que ellos consideran "vital". Por
otra parte está el deseo de los "clientes" y "explotadores
sexuales" que quieren cambiar frecuentemente de cuerpos y poseer
cuerpos jóvenes y no usados. Los cuerpos han sido incorporados
a la dinámica del mercado, bajo el criterio de que mientras
menos delate "su uso", más apreciado será.
En la transacción sexual comercial el dinero presta racionalizaciones
a la víctima y al cliente, en un engaño mutuo en el
que el cliente piensa estar "ayudando" a quienes se están
prostituyendo para subsistir y las víctimas consideran estar
obteniendo dinero para poder realizar sus sueños. Los niños
y niñas en prostitución imaginan que sus ingresos
son muy superiores a los que obtendrían en otro tipo de oficios
y a los de las adultas haciendo que se dediquen exclusivamente a
ella. En las situaciones en que sus ingresos no son suficientes
buscan dinero a través de la mendicidad, el robo o combinan
el venderse sexualmente con ventas callejeras u otros trabajos dentro
de la economía informal. Su distribución de ingresos
es desorganizada, viven día a día, su capacidad de
ahorro es muy pobre y los niveles de vida con mucha frecuencia permanecen
inalterados ya que hay poca esperanza en el futuro, fatalismo y
ausencia de un proyecto de vida.
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