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Explotación Sexual Infantil > El Perfil Psicosocial del niño(a) explotado sexualmente > La Autoestima

Es el sentimiento, la creencia, la convicción profunda de la propia valía; es saberse deseado(a), querido(a) y aceptado(a). Depende fundamentalmente de la fuerza del deseo con que fuimos concebidos y arrojados al mundo por nuestros padres; ese deseo primigenio que se traduce luego en aceptación incondicional y en fuerza eutrófica. La autoestima no nos hace inmunes al dolor ni a las equivocaciones, no nos hace invencibles, pero nos permite sanar las heridas, asumir con valentía los fracasos, ponernos de pie y seguir adelante.

Una desconfianza e inseguridad básicas registran los niños y niñas explotados sexualmente o en riesgo de serlo. Por haber sido constantemente maltratados(as) y humillados(as) han perdido la credibilidad en sí mismos; se perciben indignos de afecto y confianza de los demás y por eso tienden a fracasar en el establecimiento de relaciones interpersonales sociales y afectivas así como en sus proyectos personales. Han introyectado el estigma de "anormales" y tienden a comportarse como tales obteniendo de los demás el rechazo que temen y esperan, justificando entonces de nuevo sus comportamientos "disociados".

Su representación de la existencia corresponde a un acontecer impersonal frente al cual se levantan como víctimas pasivas o espectadores; y es que no desean revivir el dolor que les ha traído toda su vida: es preferible huir, negar la importancia del asunto, evadir la posible responsabilidad sobre lo ocurrido y el riesgo de fracasar en un nuevo intento. Desesperanza aprendida a golpes que los invita a no luchar, a detenerse, a no crecer.

Para muchos(as) niños(as) la vida carece de valor distinto al de la subsistencia, significa un destino trágico ineludible que ellos(as) no tienen poder de alterar, y en esa medida no encuentran razón para cuidarla: ellos(as) toman todos los riesgos, ponen la vida en la cuerda floja, consumen drogas, se trenzan en riñas mortales con cualquier excusa, afrentan a quienes representan algún poder a sabiendas de que serán agredidos; conociendo los medios de protección frente a eventuales enfermedades de transmisión sexual hacen caso omiso de ellos.

Frente al dolor de una vida en desintegración surgen los mecanismos compensatorios: adoptan posturas de autosuficiencia, corazas que los anestesian y bloquean la posibilidad del contacto humano genuino; con grandes esfuerzos se resisten a expresar emociones que el interlocutor pudiera interpretar como debilidad; muestran máscaras agresivas para prevenir posibles ataques o asumen actitudes autocompasivas en espera del reconocimiento y la entrega de afecto del otro, especialmente si de esta manera pueden conseguir algún tipo de beneficio adicional: necesitan comprobar que el afecto es real, seguro y confiable y un signo inequívoco de ello pareciera ser el hecho de que las expresiones de afecto vayan acompañadas de algún objeto tangible.

La baja autoestima los convierte en sujetos vulnerables a la presión de personas que los explotan y utilizan para cualquier clase de fines; porque no tienen conciencia clara de su propio valor ni los criterios de juicio suficientes para discernir cuando ese valor está amenazado o es expoliado, se involucran en situaciones y relaciones que aparentemente no representan peligro alguno, mientras les ofrezcan una mínima seguridad, permaneciendo en ellas a pesar de reiteradas evidencias de maltrato y daños a su integridad.

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